Aug
29
2008
Sable laser
Una sala enorme de cine. La sala 6 a las cinco de la tarde. Estoy esperando a que empiece la película. He llegado bastante antes porque me gusta la sensación de estar solo en una estancia tan grande y, a la vez, tan acogedora; con esa luz tenue que te invita a hablar bajo. He llegado antes, digo, pero no estoy solo. A mucha gente le debe gustar lo mismo que a mi. No puede uno sentirse especial ni cuando lo necesita, como ahora. Estaba a punto de sentir una grandisima vergüenza ajena pero aun no lo sabía. ¿Por qué lo pasaré tan mal en situaciones como esas? Yo sólo soy espectador, estoy lejos y no se me ha de relacionar con lo que acontece pero tengo que taparme la cara con las manos y hacerme más y más bajito en la butaca hasta casi desaparecer escurriéndome hasta el suelo. ¿Que qué pasaba? Entran dos chicos en la sala. Uno algo bajo y otro bastante gordo. Portan un sable laser. Se sientan en sus butacas y comienzan a hacerse notar. El gordo le pide al otro la espada de luz para accionarla y mostrar lo realista que es. [¿Será apropiado el término "realista" tratándose de un sable laser?] Por supuesto a mi alrededor comienzan los comentarios. “Qué frikismo“; “Alucinao de la vida...” “¡Pues yo quiero una!” Mi sistema empático comienza a funcionar y me hace sentir un principio de vergüencilla por los chicos. Pero sólo era el principio del show. Oigo como el gordo le pide al otro que le guarde el sitio, empieza a mirar hacia atras buscando algo… ¿el qué?… una victima. La encuentra. Tres filas detrás de ellos se encuentran plácidamente sentados un padre con su hijo esperando a que empiece la película. Ni corto (el bajo era el otro) ni perezoso se dirige hacia ellos y una vez que ha llegado se agacha para ponerse a la altura del chiquillo (parece que hoy en día todos saben un poco de psicología infantil) y le ofrece el arma luminosa que había llevado hasta allí. Con una voz entre cariñosa y siniestra le dice “¿Quieres ver cómo funciona?” Yo ya estoy muerto, con la cara completamente oculta con un folleto y con una sola idea en mi mente: ¡Qué vergüenza! Inmediatamente el otro amigo (parecía que lo tenían ensallado) salta los asientos que le distanciaban del grupo mientras espeta amigablemente “Cógela, cógela, que yo tengo aquí mi cámara preparada para hacerte unas fotillos… (y mirando al padre) si quieres”. Total, que padre e hijo se ven en unos segundo asediados por ambos costados por dos simpáticos muchachos dispuestos a explicarles todo acerca de los jedi. Afortunadamente (no se si para ellos o para mi) la luz empezó a apagarse obligando a los chicos a regresar a sus asientos. Sólo entonces respiro aliviado.
¿Qué hecho yo para merecer esto?
¿Qué hecho yo para merecer esto?
