Jaime Rosales es director de “Las horas del día” y “La soledad”
La violencia está en sus películas inserta dentro de cotidianeidad. Sin aspavientos, sin ruido. Como la víctima del 11-M que describía “el silencio absoluto” tras la explosión. Usted mantiene minutos la cámara fija tras una bomba en un autobús. Otros habrían usado un vértigo de planos y ruido.
La razón por la que la convención no trabaja como yo no deja de sorprenderme. ¿Por qué se aleja tanto de la realidad? Me sorprende por qué no lo hacen como yo, que es como se tendría que hacer, porque no hago más que mirar el mundo. ¿Por qué creemos que la realidad no es efectiva, por qué buscar una intensidad más expresiva fuera de ella? Son quienes piensan así los que usan esos elementos visuales, de montaje, con ruido y desconcierto, que se supone que tienen que ver con la violencia. Como la película de Spielberg (Salvar al soldado Ryan). Eso no tiene nada que ver con estar en una guerra. Estoy seguro de que tiene que ser bastante aburrido.
Sus personajes se tocan poco. Los novios no se besan. Los hijos y las madres no se abrazan, incluso en los peores momentos.
Es verdad. Pero eso soy yo el que lo decide.
¿Por esa incapacidad de compartir de la que hablaba? ¿Pudor, quizá?
No, es un asunto mío. Tengo un problema de piel, no me gusta que me toquen.
Veo que he hurgado en la herida.
Sí. Mi cuñada dice que su problema es que nada le da asco. A mí es al revés, todo me da asco. Me cuesta mucho tocar y que me toquen. Si me cuesta hacerlo, también filmarlo. Cuando creo una escena, procuro que no se toquen, me da cosa. ¿Por qué les voy a hacer pasar por eso si es asqueroso?
Sin embargo, la ternura se le desborda con el niño de ‘La soledad’. No sé si es por su faceta de padre, pero ahí se le va la mano.
Puede. Intento ser buen padre. Pero es problemático, tengo que hacer un esfuerzo.
¿No le sale?
No. Es como lo de cambiar pañales. Lo hago, pero me sigue dando asco. A lo mejor es porque mi madre no me dio el pecho.
Este año ha sido especialmente fértil en películas de treintañeros como usted. ¿Se siente parte de una generación?
No, voy por libre. Siempre he sido viejo prematuro. Me relaciono muchísimo mejor con gente mucho mayor que yo que con los niños, por ejemplo. Nunca he tenido ese sentimiento generacional.
¿Ni siquiera esas referencias ideológicas o culturales que comparten los coetáneos?
No. Cuando fui a Cuba a estudiar, mis compañeros hablaban de aquello como casi una catarsis cubana, y yo alucinaba. Yo fui a estudiar cine y porque me interesaba ver qué era el comunismo, punto.
Usted trabajó en televisión. Algunos sostienen que la innovación audiovisual se está produciendo en algunas teleseries.
No lo creo. Yo fui guionista de teleseries, incluso de Gran Hermano. Fue un trabajo alimenticio, sin ningún valor formativo.
Creo que no deja que sus hijas la vean.
Y yo sólo veo el fútbol y alguna película. Se supone que tiene la vocación de convertirse en espectáculo, pero la tele no es un buen medio para la ficción. Le es ajena. Donde la tele encuentra su sitio es en un reality show de cualquier clase. Porque las noticias son un reality, y una entrevista, o un documental. Lo que ocurre es que los cineastas hemos ido a buscar a la tele para que nos financie, y ella ha incluido elementos beligerantes con el cine. Entonces, el espectador va menos a la sala. No tiene sentido si te lo dan en casa y no hay valor añadido en ver cine en una gran pantalla. Si no tienes un actor maravilloso, ¿para qué quieres una pantalla gigante? Ver a Marilyn tiene sentido, ver, ¿a quién te diría?, cualquier actricilla, ¿Penélope?, pues no.
Extracto de la entrevista a Jaime Rosales en EL PAÍS Semanal
LUZ SÁNCHEZ-MELLADO 16/08/2007