Lo mejor para la madre. Lo mejor para el niño. ¿Lo mejor para el médico?
El pasado 13 de agosto, Rosa Montero publicaba su columna en El País Semanal bajo el título El desastre de parir. Se trataba de una reflexión a propósito del libro La revolución del nacimiento (Granica, 2006), de Isabel Fernández del Castillo. El ensayo ilustra -y deplora- el catálogo de actuaciones médicas con las que se aborda protocolariamente la asistencia al parto en España. Un rosario de actuaciones rutinarias -rasurado genital y aplicación de un enema a la madre; monitorización inmovilizante de parturienta y feto durante la dilatación; perfusión de oxitocina para acelerar las contracciones; la obligación de parir tumbada boca arriba, o la realización sistemática de un corte en el periné- que, según la doctrina de la Organización Mundial de la Salud, no sólo son innecesarias de forma general, sino que pueden provocar más sufrimiento que seguridad a madre e hijo.
La embarazada, sostenía Montero citando a Del Castillo, no está enferma. Su cuerpo sabe parir. El creciente número de cesáreas -así acaba el 35% de los partos en clínicas privadas y el 21,5% en las públicas- en España sería el colofón del “círculo vicioso” de “estrés y dolor” que provoca la aplicación indiscriminada de unos protocolos basados en una “visión patológica, intervencionista y jerárquica del parto”.
Que tengas una hora corta, se desea a las embarazadas aludiendo a los rigores del parto. Un proceso fisiológico que se inicia con una serie de contracciones in crescendo hasta provocar 10 centímetros de dilatación en el cuello del útero y culmina con el alumbramiento del feto y la placenta. El trayecto de 12 centímetros desde el claustro materno al exterior es el viaje más arriesgado de la vida. Un periplo de mucho más de una hora. Seis, doce, quince horas son tiempos habituales entre dilatación y expulsión. El dolor, los nervios, incluso el miedo, son consustanciales a la aventura de parir. Pero también la ilusión, la alegría, incluso la euforia. La experiencia es tan intensa que en muchas cenas de cuarentones ellos acaban contando sus milis y ellas sus partos. Y cada una lo cuenta como le fue.
El profesor José Manuel Bajo Arenas es, como presidente de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO), el encargado de legislar los aspectos médicos de la atención al parto en España: “Hemos adoptado las recomendaciones de la OMS que nos parecen razonables. Decimos que el rasurado y el enema no son necesarios, que la estimulación con oxitocina no debe ser sistemática. Que se deje caminar a la mujer en la dilatación, que la postura de parto sea libre y que no se haga episiotomía rutinariamente. Mírelo usted: no voy a defenderme de cosas que no son ciertas”. La última revisión del manual, en 2005, recoge efectivamente los cambios. Pero ¿se aplican en los paritorios? “Nuestro documento es taxativo, pero no me puedo hacer responsable de lo que cada uno haga en su hospital. Eso es como decir que está prohibido robar, y hay gente que roba”.
El parto de Pilar y Pilar
Pilar Rubio, 36 años, oficinista. Parió a su segunda hija, Pilar, en posición vertical. Algo había visto en la tele. Una silla para parir en cuclillas, y no con las piernas por alto, como vino al mundo su hijo José, hace seis años. Pero Pilar nunca pensó en parir sentada. Llegó al hospital tranquila. Cumplida de tres días. Mentalizada para estar horas dilatando, como con el mayor. Por eso había pedido la epidural. Para ahorrarse los peores dolores. Pero no hubo tiempo. Ingresó con seis centímetros. La traca de contracciones iba a ser intensa. Su rostro desencajado lo testifica. Dilató caminando hasta que quiso tumbarse. Y empujar. Fuerte, como queriendo hacer caca, le decía Antonio, el matrón. Fue entonces cuando Manuela, la otra matrona, se lo dijo: ¿Quieres probar a sentarte?. La famosa silla. Lo que yo quería era acabar, y ellos me daban confianza. Así que me senté, me eché sobre mi marido y me dejé llevar, empujando. Un parto fisiológico. Minimalista. Sin rasurado, sin enema, sin oxitocina, sin monitorización constante, sin epidural, sin episiotomía. Sólo Pilar haciendo su trabajo, y Antonio y Manuela ayudándola. Y la niña, claro: Pilar Ruiz Rubio, 3,550 kilos, 52 centímetros. 9,9 en el test Apgar. Los Josés, padre e hijo, le dan un 10.
Longinos, el converso
Longinos Aceituno, jefe del servicio de Ginecología. Hospital de Huércal-Overa (Almería).Cuando llegó a Almería, en 1987, Aceituno era un ginecólogo tradicional. Aplicaba los protocolos que había aprendido en la residencia. Pero allí topó con un equipo de matronas que le abrió los ojos a otras posibilidades. No poner enemas, ni rasurar, ni administrar oxitocina porque sí. Dejar a la mujer dilatar y parir a su ritmo, pero con un paritorio y un quirófano a dos zancadas, por si acaso. Y se convirtió. Ellas me enseñaron que no sólo era posible, sino seguro. Desde entonces, las matronas mandan en el paritorio. No son ni mis ayudantes ni mis enfermeras. Son las responsables del parto normal, ya lo dice la OMS. Merecen autonomía y respeto. Los médicos, para las complicaciones. Las cifras 14% de cesáreas frente al 25% nacional; 30% frente a 70% de episiotomías(rajar el perineo) avalan el sistema que Aceituno propone como coordinador del Proceso Andaluz de Embarazo, Parto y Puerperio. Él es el primero en detectar la reticencia de sus colegas al cambio. Mientras, un 5% de sus embarazadas peregrinan de toda España hasta aquí para parir de forma natural.
Estractos de el reportaje “El parto es mío” publicado en El País Semanal - Luz Sánchez-Mellado 25/03/2007 -
